jueves, 27 de enero de 2011

Romance Otoñal.

Ramiro Valdez, me pasó por el lado en su Peugeot 307 azul plateado que subió por la Calle E, por el costado del Edificio Quintana, sin percibirme. Sentado al lado del chofer escolta, un hombre joven, que vestía verde olivo, su rostro encanecido mostraba tranquilidad y concentración.
Su reciente designación como superministro para la industria básica y las comunicaciones, tiene intranquilos y enfrentados a los cubanólogos. Para unos, su elección (a primeros de enero de 2011), es el fortalecimiento del diseño del General Presidente Raúl Castro. Para otros es la deconstrucción de su arquitectura, por la presencia de “nuevos” y poderosos actores.
Para los raulistas, designar a “Ramirito”, como súper ministro, es solo una forma de desinflarlo. Ellos ven en Raúl las bondades del político modernizador, atrapado en las pérfidas garras voluntaristas de su hermano.
Le quita poder real al Comandante de la Revolución, como Ministro de la Informática y las Comunicaciones y lo sustituye por un joven General de las fuerzas armadas (Medardo Díaz Toledo), especialista en ese campo y ex jefe de comunicaciones del cuerpo armado. Es, dicen los raulistas, un golpe maestro.
Además mantiene a Díaz Toledo bajo el paraguas disciplinario de Julio Casas, Ministro del Ejercito y jefe de la poderosa V sección de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), dedicadas a las esfera económica.
Para los “ramiristas”. El ascenso al súper ministerio que controla comunicaciones, exportaciones de minerales e importación y extracción de combustibles, además de su vicepresidencia del Consejo de Estado, lo reafirma en la línea sucesoria de la monarquía castrista. Toda vez que su protagonismo mediático de supervisión y control, está a máxima capacidad. Y no son pocos los que olvidan su actuación en la década del sesenta. De esa manera se posesiona en el subjetivo popular como el hombre fuerte que necesita la nación.
Tomando de unos y de otros, Raúl Castro y Ramiro Valdez encontraron en el ocaso de sus vidas las razones suficientes para reencontrarse y proyectarse hacia sus respectivos panteones. Toda vez que la cima que los dividía y enfrentaba desapareció del escenario. Sin charangas ni reggaetones, que provoquen sobresaltos o alteren sus diseños personales, Castro y Valdez hicieron las pases.
Están de romance. Uno más mediático, entrando a los solares santiagueros (Santiago de Cuba) dejándose poner la mano en el hombro, explicando “humildemente” las razones del poder para tanta miseria. Pero a la vez aplicando la férrea mano de su admirado Zhrzisnki (el fundador de la NKVD, policía política de los comunistas rusos), como hizo con Yadira García y los problemas de corrupción al norte de oriente. Otro en la cueva de la conspiración. Siempre apagado y alejado de los medios.
Un romance de viejos, como el Florentino Ariza y Fermina Daza, los protagonistas del Amor en los tiempos del cólera, o de Coppola y Anna, protagonistas de La Favorita. La ultima telenovela de TV Globo, pasada por las televisoras cubanas.

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